Llamé al timbre y mi madre me abrió la puerta, tan preocupada como siempre.
- ¡Víctor! ¡Me tenías muy preocupada!- Me gritó mi madre con el ceño fruncido.
Yo suspiré y me abrí paso para llegar a mi habitación.
- ¡¿Sabes la hora que es?!- Preguntó mi madre, dejándose la voz, desde el salón.
Yo me quedé mirándola, mientras agarraba el pomo de la puerta de mi cuarto.
- La verdad es que no- Respondí mientras abría la puerta.
- ¡Las once, jovencito! ¡Las once!- Volvió a gritar mi madre, señalando y enseñándome el reloj.
- Anda, mira tú qué bien- Dije ya dentro de mi habitación.
- ¿Qué bien? ¡¿Te parece esa forma de hablarle a tu madre?!- Exclamó, indignada.
Me limité a cerrar la puerta y a suspirar. Segundos después me tiré en mi cama y cogí la tablet. Tenía dos mensajes nuevos. Y cómo no, eran de Rodrigo.
- Hey tío, mañana no voy a poder quedar.
- He hecho planes.
Me extrañó bastante, pero creo que sabía por dónde iban los tiros.
- Pero tío, mañana tenemos que entrenar.
Salí de la conversación, y casi al instante recibí un mensaje suyo.
- Lo sé, pero creía que podrías inventarte una excusa para el entrenador...
No me lo podía creer. Escribí tan rápido que parecía que lo que había escrito estaba en otro idioma. Me tomé la molestia de corregirlo y le dí bastante fuerte al botón de enviar.
- ¿Se puede saber con quién has quedado? Si no entrenas, el partido del Lunes te saldrá fatal.
Al segundo recibí otro mensaje suyo.
- He quedado con Marta. Porfa inventa una excusa.
- No me puedo creer que no vayas a entrenar para el partido más importante por una tía.
- Hazme ese favor tío. Por una vez, una chica guapa se fija en mí. Además, yo te he hecho muchos favores mientras te ibas con pibas...
- Bueno... Está bien. Pero es la primera y última vez que le miento al entrenador. Si se entera de que le he mentido nos puede dejar sin jugar.
- ¡Te quiero tío!
- No hay de qué...
Aunque no se lo hubiera dicho, me molestaba bastante no entrenar con él. No sé por qué pero sentía que con el paso del tiempo me quedaría sin mi mejor amigo.
Tras unos minutos en silencio y con la única compañía de la tranquilidad, llamaron a la puerta de mi cuarto.
- Espero que te hayas arrepentido, jovencito- Dijo mi madre, apoyándose en la puerta, tan indignada como antes.
Yo la miré en silencio. Con la tablet aún en las manos.
- ¿No vas a decir nada? Muy bien, pues te quedas sin móvil, sin tablet, sin...- Advirtió, sin poder acabar la interminable lista de los castigos.
Antes de que acabara le dí un fuerte abrazo.
- Lo siento, mamá- Me disculpé, sin dejar de abrazarla.
- Oh, yo... Nunca cambiarás hijo- Dijo con una sonrisa, mientras me abrazaba también- Vamos a cenar...- Advirtió alejándose hacia la cocina.
- No tengo hambre- Aclaré, parándome en medio del pasillo.
- Bueno pues... Cenaré yo sola...- Dijo mientras colocaba el mantel.
La imagen de mi madre, yendo a cenar sola después de haberme esperado, fue demasiado para mí.
- ¡Espera!- Exclamé, e hice una pausa de unos segundos- Se... Se me ha abierto el apetito-
Mi madre me miró con ojos un poco vidriosos y una sonrisa.
- Bueno pues... Hazme el favor de poner los cubiertos- Ordenó con un hilo de voz.
La muerte de mi padre había dejado una huella enorme en mi madre. Ya no le hacía ilusión nada. Y ahora la entristecía todo lo que antes la hacía más feliz. Tal vez también era culpa mía que estuviera así. Tal vez por eso me sentía bastante culpable. Y aunque ella no se atrevía a decirlo, la entristecía verme. Nunca había sido un hijo ejemplar, ni de lejos. Pero mi padre la ayudaba conmigo. Él hacía lo más duro. Castigarme, regañarme, gritarme... La ayudaba y apoyaba. Pero ahora... ¿Quién iba a controlarme? Debía hacerlo yo. Ella no podía. Aprender a controlarme. Por desgracia no hay instrucciones para ser mejor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario